Tenía que viajar a Madrid en tren en AVE y decidí llevarme esta novela. Entre el viaje de ida y el de vuelta tendría tiempo de darle un buen empujón. Renfe tuvo a bien concederme un par de horas a la ida y otro par a la vuelta. Puede acabar el libro.
Empecé a leerlo y no podía evitar imaginarme al protagonista con la cara de Gabino Diego. Hace muchos años que vi la adaptación al cine dirigida por Imanol Uribe, pero no los suficientes como para olvidar aquella asociación entre el rostro de Gabino y el personaje de Felipe IV. Hasta fui a ver la estatua ecuestre del rey, para cambiarle la cara, pero no hubo manera.
Torrente Ballester arremete contra el fanatismo de los que saben lo que quiere Dios. El más duradero y pernicioso de los fanatismos. Y lo hace con lo que más odian los fanáticos: el humor. Y hasta muestra al diablo como un personaje tierno. ¿Puede haber mayor blasfemia?
